AL MONTE Y AL MOLINO, no llames al vecino
Esta " orden " la conocían muy bien todos los " gatos ".
En Cereceda era costumbre " de toda la vida " que los vecinos se ayudasen en algunos trabajos.
Si por los " gatos " hubiera sido, puedo decir que todos los vecinos se echarían una mano aunque, a veces, no hiciera falta.
Ahí eran las " gatas " quienes aconsejaban a los sus maridos que no buscasen ayuda.
- El mi marido dice que le va a pedir a Salustiano que vaya una mañana a ayudarle a sacar los troncos del quiñón de la zona de Valdejardas. Yo le he dicho que lo olvide, que ya los iremos sacando como podamos o que se espere a que vengan los nuestros muchachos y entonces los sacamos.
- Pero, mujer, que vosotros solos no podéis.
- Mira te lo explico. Salustiano va una mañana con el burro y nos saca los troncos gordos hasta el camino. Pero luego el mi Jeremías tiene que ir a ayudarle a sacar los suyos. Y Salustiano tiene siempre dos quiñones porque le compra el quiñón a la viuda de Aniceto, que ella no necesita la leña.
Para bajar al molino ocurría algo parecido.
Pedías la vez al molinero y, cuando te tocaba, se pedían ayuda unos vecinos a los otros.
Pero siempre intervenían las señoras " gatas ".
- Tú tienes que moler tres sacos de cebá y uno de trigo, que los mezclas pa los cebones, le decía Hermenegilda - a la que llamaban Gilda - a su comadre Felisa y al su marido Nicasio.
Rubiriano se ha prestao a ayudarnos - proseguía - pero luego tenemos nosotros que ayudarle a él, que baja entre diez y doce sacos de mezcla y cuatro de garrobas.
Y, casi sin respirar, añadía: Pa una mañana que él nos ayuda, tenemos que ir dos días enteros a ayudarle.
¡ Que la gente de los pueblos sabe de " cuentas " más que un catedrático de matemáticas !.
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