LLORAR LAS PIEDRAS
Cada vez que salgo al campo
hago a las piedras llorar,
al ver que te quiero tanto
y tú no me quieres ná.
Estos cuatro versos forman una copla, que era cantada por las muchachas en corro en la Plaza , mientras una bailaba sola en el centro.
Que las piedras sean testigos del amor de la muchacha no correspondido, es propio de las canciones pastoriles, y Cereceda era un pueblo de pastores.
En algunas fechas del año era normal que muchachos y muchachas se dedicaran a cuidar el ganado - principalmente las ovejas del queso y, allí - entre los prados siempre cercados con paredes de piedra, o en las laderas de la sierra - surgía el amor.
En Cereceda eran las muchachas quienes elegían su amor y lo mostraban en sus juegos infantiles, tanto en el campo escolar - que era común para niños y niñas - como en la Plaza del pueblo, el lugar donde se reunían , sobre todo, por las tardes a la espera del coche de línea o del toque de campanas que anunciaba la hora del rosario.
Un pueblo con paredes de las casas levantadas con piedras del Teso Alto, y con piedras de cantería a las puertas - los " machaderos " - necesitaba mostrar en las canciones dedicadas a esas piedras los signos del amor.
Yo nunca vi corazones dibujados en las piedras o iniciales de enamorados grabadas en ellas.
Esos símbolos los vi en los árboles: los chopos del campo escolar o los chopos de las márgenes del río a donde mozos y mozas acudían a bañarse, o las mozas a lavar la ropa.
Foto Google.com

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