HOJAS DEL ÁRBOL CAÍDAS juguetes del viento son
Esa " sentencia " la conocemos muy bien los " gatos " que antaño fuimos muchachos.
Cuando llegaba esta época del año nos dedicábamos, al salir de la escuela, a cuidar las ovejas que " iban a parir " y las que ya tenían los corderos.
Las llevábamos cada uno al su prao para que comieran la poca hierba que hubiera antes de que las heladas de diciembra la " quemaran ".
En los praos - situados a orillas de los dos ríos de Cereceda, el río Yeltes y el río Cerezo - hacía mucho frío y era necesario hacer una lumbre para calentarnos.
Buscábamos una esquina de las paredes y allí amontonábamos las hojas de los robles o de los chopos o de los alisos.
El viento nos había ayudado y era en el lugar donde el viento - tras jugar con ellas - las había amontonado.
Nosotros echábamos encima de las hojas o zarzas o ramas secas o algunas ramas cortadas de los alisos para preparar nuestra hoguera.
Yo recuerdo las tardes de frío en el prao del Chorrero - con robles hermosos y secarones - y en el prao de las Digisuelas - con chopos y mimbreros y alisos y algunas zarzas secas de la Poza de las Matas - para hacer la hoguera.
En aquellos años eran los jerseys y las bufandas y los guantes y los calcetines hechos con la lana de las ovejas las únicas prendas que teníamos para " luchar contra el frío ".
Hermosos recuerdos que perdurarán siempre en nuestra memoria.
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